Ayer terminé, después de un año de arduo trabajo (sobre todo el tener que levantarse temprano los sábados por la mañana), un diplomado en Traducción Jurídica. Para los de allende los mares, en mi tierra natal, aclararé que no se trata de un diplomado como los de allá, vamos, que no es otra carrera ni nada, es un curso de un año en el que te especializas en traducción jurídica de inglés a español.
Mirando atrás pienso que ha merecido mucho la pena. Antes de empezarlo, me lo pensé mucho, pues ya tenía la "experiencia" de traducciones en España, de la carrera y eso, y llegué a creer que sería un poco repetitivo. Pero me animé porque, al fin y al cabo, ¿cómo se mejora en la traducción si no es traduciendo? Y, lo dicho, no me arrepiento. Me ha servido para consolidar muchos de los pocos conocimientos que ya tenía, para adquirir muchos nuevos y para practicar, mucho practicar.
Mi profesora Michelle nos envió a las alumnas que terminamos el diplomado un regalo de graduación, en forma de poema que, con su permiso (bueno, aún no lo tengo, pero estoy segura de que me lo dará), reproduzco aquí, y que expresa lo que creo muchos traductores sentimos cuando nos ponemos a la labor. Gracias Michelle, y a todas las demás que han hecho posible este año.